Días en
los que sólo leía
pero,
sobre tu pecho.
Te leía
como si me fuera la vida,
disimulando para no encontrar punto y final.
Horas en
las que sólo escribía
de tu
mirada.
De tu
lengua que recorría mi alma,
y de mis
mariposas que revoloteaban.
Sí,
aquellas mariposas vergonzosas
que susurraban
y te delataban.
Y es que
éramos culpables de amor pero inocentes de corazón.
